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Menonitas: los que esperan el fin del mundo en La Pampa

De los carros bajan hombres con traje y sombrero, y mujeres con vestidos largos y un pañuelo en la cabeza. Parecen hormigas diligentes en su camino de ingreso a la construcción que se levanta entre los pastos: la iglesia. Es La Pampa. Llegará ese día, y será pronto. Recién luego de recorrer treinta y cinco kilómetros desde la localidad de Guatraché aparece el brillo de los tarros de leche que esperan ser retirados de cada propiedad por carros tirados a caballo, y asoman también las casas pálidas con sus ventanas tipo guillotina y sus cortinas dobladas en diagonal. Pronto, en el medio del camino, comienza a vislumbrarse la silueta de una mujer, su capelina clara. En cada uno de ellos hay una escuela y un grupo de casas con sus respectivas parcelas de tierra. (...) A diferencia de los hombres, que utilizan el idioma para comerciar, las mujeres de la colonia apenas entienden el español y muchas veces deben ser acompañadas a las consultas médicas por sus maridos o por alguna otra mujer más o menos hábil en las dos lenguas. Dentro de la carpintería que tiene su marido en la colonia, Wiebe cuenta que se casó a los veintiuno y que tiene cuatro hijos, el más grande de diez años. –No se puede, pero todos tienen.
Menonitas: los que esperan el fin del mundo en La Pampa
Menonitas: el pañuelo blanco sujetando el pelo identifica a la mujer soltera. Foto: Ignacio Gurruchaga.

Carros tirados por caballos llegan a un predio en el medio de la llanura. Estacionan en fila junto a los palenques. De los carros bajan hombres con traje y sombrero, y mujeres con vestidos largos y un pañuelo en la cabeza. Todos visten de negro, el tono resalta la palidez de sus rostros germanos. Parecen hormigas diligentes en su camino de ingreso a la construcción que se levanta entre los pastos: la iglesia.

Hombres y mujeres entran por distintas puertas y mantienen durante toda la liturgia –que se dicta en alemán antiguo– la separación por sexo, el gesto grave. La ceremonia comienza y afuera, en el silencio del campo, de la mañana y del domingo, retumba un himno triste.

Es agosto de 2016. Es La Pampa. Es la colonia menonita La Nueva Esperanza: un recodo de tierra fértil ganado al monte de caldenes donde viven 1.400 personas que creen en Dios y en el Diablo sin que medie el matiz de la metáfora.

Menonitas: los que esperan el fin del mundo en La Pampa
Los niños van a una escuela en la que no se dan biología, historia ni geografía./ Delfina Torres Cabreros.

–Nosotros lo hemos aprendido así, si no hacemos todo bien acá, después vamos al infierno– dirá luego Juan Friesen, uno de los habitantes de la comunidad.

Están seguros: llegará el día en que una humareda oscurecerá el sol y el aire olerá a azufre. El apocalipsis se concretará y será tal como lo cuenta La Biblia. El tribunal divino se instalará en la Tierra y no habrá confín en el que esconderse. El juicio será implacable, y aquellos que no pasen la prueba serán arrojados a un lago de fuego donde soportarán siglos de tormento sin descanso.

Pero cuando eso pase, ellos habrán cumplido el requisito de una vida apartada del pecado y serán salvados. Llegará ese día, y será pronto. Aquí, en la colonia menonita La Nueva Esperanza, el fin del mundo acecha.

La neblina flota espesa en el camino de ingreso a la colonia. Arbustos espinosos o el rastrojo de alguna cosecha se adivinan a la vera de la ruta de tierra que la lluvia ha convertido en una pasta barrosa.

Recién luego de recorrer treinta y cinco kilómetros desde la localidad de Guatraché aparece el brillo de los tarros de leche que esperan ser retirados de cada propiedad por carros tirados a caballo, y asoman también las casas pálidas con sus ventanas tipo guillotina y sus cortinas dobladas en diagonal. Es lunes y se ven largos tendales cargados de sábanas y ropas pesadas.

Menonitas: los que esperan el fin del mundo en La Pampa
Carro con tarros de leche producidos en cada casa./ Delfina Torres Cabreros.

Pronto, en el medio del camino, comienza a vislumbrarse la silueta de una mujer, su capelina clara. La mujer –en rigor, una niña de no más de doce años– lleva un vestido estampado con flores oscuras, medias blancas, sandalias. Tiene el pelo cubierto con un pañuelo blanco –es soltera– y un sombrero circular de paja con un listón violeta alrededor.

Entra caminando al almacén al que también me dirijo y, al verme, se esconde temerosa entre las góndolas.En la caja está atendiendo Abraham: trece años, saco verde inglés con piel en las solapas, gorra de visera marrón, cara blanca y pecosa, ojos celestes.

–Este queso es con pimienta, estacionado. Vale ciento cuarenta pesos el kilo –dice en un español con acento extranjero mientras muestra la mercadería refrigerada detrás del mostrador.

Los menonitas surgieron en Europa del Norte, en el siglo XVI, como uno de los múltiples movimientos generados en el marco de la Reforma protestante, y conservan el idioma de aquel momento fundacional. A pesar de los largos siglos de éxodo –que han dejado colonias en Belice, Bolivia, Canadá, México, Paraguay– entre ellos hablan un dialecto que traducen como “alemán bajo” (plattdeutsch), tan arcaico que en Alemania ya no se encuentra ni entre los campesinos.

Menonitas: los que esperan el fin del mundo en La Pampa
Abraham, de 13 años, atiende la despensa./ Delfina Torres Cabreros.

–Este queso también, ciento cuarenta el kilo, para postre –continúa Abraham mientras masca un chicle que parece gigante o muy duro.

Sus hermanas Anne y Elena lo observan mudas desde un costado, sin intervenir en la transacción. Una escapa cuando le pido una foto y la otra, aunque es notablemente mayor que su hermano, obedece cuando él le ordena ir a buscar un chorizo seco a la trastienda.

La prolija vista satelital revela lo que se ve luego en tierra: las parcelas ordenadas,…